ANGÈLICA LIDDELL

Espacio para el Teatro
Dramaturgas en el mundo
Hoy:
ANGÈLICA LIDDELL
Como muchos sabéis, soy una enamorada del Teatro, razón por la cual escribo Obras de Teatro y estudio las de otras Dramaturgas. Comienzo hoy una sección dedicada a ellas.
Comenzaré con la Dramaturga Angèlica Liddell, que es el seudónimo artístico de Angélica González, nacida en Figueres, Girona, en 1966.
¿Por qué comienzo por ella?
Hay mucha Dramaturgas a las que admiro y podría haber comenzado por cualquiera de ellas, pero la elegí porque es dramaturga, actriz, directora de escena, performer y escritora. Muy completa. También porque su Teatro se caracteriza por un gran intensidad física y emocional, con una mezcla de autobiografía, poesía, reflexión política y provocación.
Aborda temas en sus obras como es el dolor físico y el psicológico, la violencia contra las mujeres, la sexualidad y el deseo, la culpa y el sacrificio, la muerte y la enfermedad, la religión y la blasfemia, la soledad y la incomunicación, las tensiones entre lo íntimo y lo social, la guerra y la violencia política, entre otros.
En 1993 fundó la compañía Atra Bilis, junto con Gumersindo Puche, desde la que ha desarrollado una parte muy importante de su trayectoria escénica.

Sus obras impactan, porque su lenguaje escénico es extremo. Utiliza la provocación, el humor negro, la confesión, la crueldad y la exposición del cuerpo para cuestionar las convenciones sociales. Sus espectáculos suelen combinar texto dramático, actuación, instalación, música, imágenes y acciones performativas.
Y ahora voy a hablar de la obra con la que consiguió el Premio Nacional de Literatura Dramática: “La casa de la fuerza”, concedido en 2012.
“La casa de la fuerza” es una de las obras más conocidas y uno de los textos primordiales de su Teatro. En ella aborda el desamor, la violencia, la fragilidad emocional y las situación de las mujeres, con especial referencia a los feminicidios de Ciudad Juárez.
Un de las cosas se considero muy interesante de esta obra, es que mezcla experiencias personales, con testimonios, música, referencias literarias y una fuerte dimensión política.
¿Por qué se titula así?
Porque alude tanto a la resistencia física como a la necesidad de construir una fuerza interior para sobrevivir al dolor.
El título concentra buena parte del significado de la obra. Por ejemplo, la palabra “casa” remite a un lugar de protección, intimidad y refugio, normalmente, pero en la obra ese espacio aparece con múltiples problemas. La casa puede ser también un lugar de encierro, miedo, violencia y dependencia. En ocasiones el hogar reproduce la relaciones de poder que existen en la sociedad.
La palabra “fuerza” tiene varios sentidos: fuerza emocional; fuerza física; capacidad de resistencia ; violencia; poder de dominación; y energía necesaria para poder seguir viviendo.
Así que estamos ante una paradoja: la casa debería ser un lugar de seguridad, pero está habitada por la fuerza; y la fuerza puede ser tanto aquello que destruye como aquello que permite resistir.
La obra se sitúa precisamente en esa contradicción. Las mujeres deben hacerse fuertes para sobrevivir a un mundo que, en gran medida, ha sido organizado por una fuerza ajena: la fuerza masculina, institucional, económica o cultural que las somete. La resistencia no aparece como una condición natural o heroica, sino como un obligación dolorosa. Un de las ideas más importantes de la obra es que “resistir no significa dejar de sufrir”. La supervivencia puede convivir con el miedo, la rabia, la humillación y la tristeza.
En esta obra, estrenada en 2009, Liddell rompe con la estructuras convencionales basadas en una trama lineal, y propone una experiencia escénica fragmentaria, dolorosa y física.
En la obra “La casa de la fuerza”, el dolor individual aparece relacionado con un contexto político concreto: la violencia contra las mujeres y los feminicidios cometidos en Ciudad Juárez. Dicho lugar representa un territorio extremo donde se hacen visibles formas de violencia que, en realidad, afectan a muchas sociedades: explotación, impunidad, desapariciones, cosificación de los cuerpos femeninos y normalización del sufrimiento.
La obra no se organiza como un relato continuo con planteamiento, nudo y desenlace. No avanza de forma lineal, sino que se construye mediante fragmentos, monólogos, canciones, confesiones, testimonios, acciones físicas, repeticiones, imágenes simbólicas, referencias autobiográficas, momentos de denuncia política, etc.
La fragmentación de la obra expresa una conciencia herida. El discurso no avanza con serenidad porque el dolor interrumpe la posibilidad de construir una historia coherente.
El espectador, que se enfrenta a una sucesión de experiencias y sensaciones, no sólo se pregunta “¿qué va a ocurrir?”, sino otras muchas cuestiones como por ejemplo “¿qué estoy viendo?”, “¿qué responsabilidad tengo como espectador?” y otras muchas.
Quizás un de las características más complejas de dicha obra es la unión entre el dolor personal y la violencia social.
Liddell parte de experiencias relacionadas con el amor, la soledad y la decepción. Lo bueno es que no permanece en el territorio de la confesión individual. Su experiencia se conecta con la de otras mujeres y con una violencia histórica que va más allá de cualquier caso particular. Existe una tensión entre dos tipos de dolor: el dolor sentimental, derivado de la pérdida, el abandono o la imposibilidad amorosa y, por otro lado, el dolor político y social, ligado a los asesinatos, las desapariciones y la violencia entre las mujeres. La autora no presenta estos dolores como equivalentes. Una ruptura sentimental no es lo mismo que un feminicidio, pero coloca ambos niveles en relación para mostrar que la vulnerabilidad afectiva y la violencia social pertenecen a un mismo universo cultural: el de la desigualdad, la posesión, la dependencia y la consideración del cuerpo femenino como algo disponible para el deseo o dominio de otros.
En “la casa de la fuerza”, la palabra no basta. La experiencia debe pasar por el cuerpo porque la violencia se inscribe en él antes incluso de poder ser formulada mediante el lenguaje.
En una sociedad que contempla continuamente cuerpos femeninos convertidos en objetos publicitarios o sexuales, Liddell ofrece un cuerpo que no busca agradar o seducir. Es un cuerpo que incomoda, que se muestra en su vulnerabilidad y que reclama ser considerado como sujeto.
La mujer no aparece como objeto contemplado, sino como presencia que mira, acusa, recuerda y obliga al espectador a enfrentarse a su propia mirada, de allí la gran importancia de esta espléndida obra.
El lenguaje de Liddell se caracteriza por la intensidad y la mezcla de registros. Encontramos lenguaje poético, lenguaje coloquial, discurso político, ironía, grito, silencio, canción, expresiones de deseo y desesperación, etc.
En la obra hay una fuerte dimensión ritual. La repetición de palabras, canciones, gestos y acciones puede recordar a una ceremonia de duelo o de expiación. El teatro se convierte en un espacio donde se invoca a quienes han sido asesinadas y se mantiene su memoria.
“La casa de la fuerza” es una obra radical porque convierte la escena en un espacio de exposición, memoria y conflicto.
Espero que lo anteriormente expuesto sirva para que queráis leer la obra o verla si tenéis ocasión.
Juana María Fernández Llobera

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