VIRGILIA GÓMEZ - TESTIGO DE LA ÚLTIMA BATALLA DE LUIS TUYA

VIRGILIA GÓMEZ
TESTIGO DE LA ÚLTIMA BATALLA DE LUIS TUYA
Virgilia tenía cinco años cuando estaba refugiada en el monte Santa Bárbara junto a su familia y se acuerda de la batalla aérea protagonizada por Luis.
En Celadas nos recibió en su casa en compañía de su esposo Lorenzo y le agradecimos.
“Hay que recibir a todo el mundo y más con un compañero que ha venido usted, que es un hijo del pueblo (se refiere a Joaquín Guillén)”.
Quiero que usted me cuente qué pasó el 16 de abril de 1937, que usted vio caer un avión.
“Yo lo vi primero ametrallar al ganado. Estaba no sólo él. Había más aviones que reñían. Uno subía y el otro bajaba. Cuando éste cayó el otro se marchó. Lo que no sé es si había uno o había dos”.
Usted estaba en el carrascal.
“Sí, porque nos fuimos del pueblo porque entraban … y empezaban los rojos… a irnos… y nos metimos al monte para librarnos de que nos tiraran tiros”.
Usted era una niña.
“Aún no había cumplido los cinco años. Me acuerdo de que ametrallaban, era ametrallar. Porque había un ganado y les parecía que eran soldados. Porque preparaban unas polvaderas que para qué. Matarían a lo mejor 30 o 40 o más”.
Era de mañana.
“A la mañana muy pronto no. Igual podían ser las 11, en fin, la hora no lo sé”.
¿Usted llegó a ver los aviones combatiendo?
“Estábamos metidas en las matas y nosotros mirábamos arriba y había un señor y nos decía: “poneros boca abajo”… le parecía que boca abajo no nos iban a matar. Pues nos hubieran matado de todas maneras. Pero nosotros boca arriba para ver como reñían, como tiraban los aviones”.
¿Con quién estaba usted?
“Con mi madre, mi hermano… porque mi padre estaba en Santa Bárbara haciendo guardia”.
¿Sentía miedo?
“Teníamos mucho miedo, claro que teníamos miedo. Y cuando cayó el avión todos nos fuimos… había personas mayores… iríamos a lo mejor veinte y tantos. Cuando llegamos allí estaba ardiendo (Luis). Me acuerdo que llevaba un chaquetón de cuero marrón, el gorro también marrón y él ardía como una vela. Me acuerdo que tenía unas pantorrillas muy gordas pero no sé si sería porque ya estaba ardiendo o porque el hombre estaba recio.
Llegamos allí y unos querían tirarle una piedra, claro… cada uno decía una cosa. Cuando llegamos allí dice un señor: “¿y qué ha defendido este señor, que le ha costado la vida?”… y ya nos vinimos y se quedó ardiendo. Estábamos a medio kilómetro de donde cayó…”.
¿Quiénes estaban?
“No había nadie más que gente paisana. Quince o veinte éramos más bien todos jóvenes. A lo mejor de mayores no estaba más que mi madre y otro señor”.
¿Estamos hablando del barranco Balsa Seca?
“Pues a lo mejor… es que arriba había una balsa pero yo exacto exacto donde cayó el avión no se lo podré decir (al detallar una balsa lo confirma, es la que da nombre a ese barranco). Del piloto sí me acuerdo… como ardía, porque es que como llamaba la atención como ardía el hombre. Como una vela. La ropa se le pegaría fuego enseguida”.
¿Usted sabe qué se hizo después con el avión?
“Yo de eso ya no. Nosotros aquella misma noche nos bajamos a Cella (pueblo cercano)”.
Usted me dice que tendríamos que haber venido antes.
“Sí, porque había personas mayores que les podrían haber aclarado las cosas de otra manera. Si ustedes vienen, a lo mejor, quince años antes pues había personas, por ejemplo los tres chicos que llevaba mi madre… eran más mayores que yo. Uno del tiempo de mi marido y los otros dos más mayores. Ellos les podrían haber dado explicaciones”.
Admiro su memoria. Para haber sido una niña de cinco años que se acuerde tanto...
“Es que esas cosas se te quedan grabadas porque aquello era muy serio… y como no la habías vivido ni imaginado semejante cosa… veías al avión que tiraba...”
Virgilia, mis respetos porque sé que la guerra…
“Muy cruel, muy cruel… Nosotros no la pasamos tan mal porque nos quedamos en Cella y de allí no salimos. Demoramos dos años en volver a Celadas”.
Virgilia se arremanga y nos enseña cicatrices de metralla diciéndonos que eran del año 38, que estuvo en hospital militar y provincial, que luego la llevaron a Zaragoza pensando que estaba muerta “y con las pantorrillas todas acribilladas… había aquí un hospital militar y me curó el médico en el provincial, me limpiaron los ojos y un oído lo perdí”.
En la despedida afirma: “él ardió y no quedó más que las cenizas”, refiriéndose a Luis. Pero los testigos dicen que se acercaron bastante al avión, el fuego no sería tan fuerte. Difícil pensar que Luis haya quedado en cenizas.
Publicada en Diario "Crónicas" de Soriano, Uruguay, el 9.9.26

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