"LA CASA INSOMNE" DE TERE SUSMOZAS

"LA CASA INSOMNE" 
DE TERE SUSMOZAS
Una novela espléndida que te hace reflexionar
 Buenas tardes, Tere.
Nos reunimos hoy para hablar de ti y de tu obra ‘La casa insomne’, que tanto me ha hecho reflexionar. Comencemos con tu vida.
 
LA VIDA DE LA AUTORA
J.M.: Para empezar, ¿quién es Tere Susmozas cuando no escribe?
T.S.: Alguien que observa, escucha y reúne detalles y fragmentos que luego uso en mis historias, sin saber todavía en qué se convertirán. También una persona sencilla que trabaja y disfruta de su familia, los amigos, el cine y los buenos libros.
JUANA MA. FERNÁNDEZ LLOBERA06 de septiembre de 2026 TERE SUSMOZAS

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"LA CASA INSOMNE"

DE TERE SUSMOZAS

Una novela espléndida que te hace reflexionar

 Buenas tardes, Tere.

Nos reunimos hoy para hablar de ti y de tu obra ‘La casa insomne’, que tanto me ha hecho reflexionar. Comencemos con tu vida.

 

LA VIDA DE LA AUTORA

J.M.: Para empezar, ¿quién es Tere Susmozas cuando no escribe?

T.S.: Alguien que observa, escucha y reúne detalles y fragmentos que luego uso en mis historias, sin saber todavía en qué se convertirán. También una persona sencilla que trabaja y disfruta de su familia, los amigos, el cine y los buenos libros.

J.M.: ¿Cómo fue tu infancia y qué recuerdos de esa etapa crees que siguen vivos en tu forma de escribir?

Nací y pasé mi infancia en Madrid, la ciudad en la que aún resido. Era una niña tímida y callada, quizá por eso observaba todo cuanto ocurría a mi alrededor con especial atención. Estudié en un colegio religioso, en los años 80, una experiencia que ha dejado su huella en mi novela “La casa insomne” que intenta reflejar, desde una mirada muy subjetiva, el exceso de disciplina, la idea de culpa y esa visión de lo espiritual, en ocasiones tan oscura, de la educación católica en esa época.

J.M.: ¿Hubo algún momento concreto en el que supieras que querías dedicarte a la literatura?

T.S.: Siempre estuvo presente, pero sí hubo un instante de quiebra personal en el que decidí que era el momento de tomármelo más en serio, casi como una necesidad de hacer algo diferente o como un propósito de vida más alineado conmigo. Ser escritora, más allá de publicar o no, es para mí una cuestión de identidad.

J.M.: Además de escritora, eres profesora de Escritura Creativa. ¿Qué te aporta la docencia a la hora de escribir? 9c661a6e-d65b-4282-b887-69f09efda916

T.S.: Me aporta mucho. En primer lugar, porque me obliga a continuar estudiando, leyendo e indagando para dar lo mejor de mí a los alumnos, lo que, a su vez, acaba nutriendo mi propia escritura. Después está la dimensión humana, que es también muy enriquecedora. Es muy bello comprobar cómo cada alumno mira al mundo de una manera distinta y compartir el aula con gente con tanta ilusión y deseos de escribir. Alimentar y compartir ese deseo, acompañando en el proceso, es muy gratificante.

J.M.: ¿Qué autores, lecturas o experiencias personales han marcado más tu mirada literaria?

T.S.: Las lecturas que más me han marcado aparecen, de una manera u otra, reflejadas en todo lo que escribo. Reconozco en mis textos la huella del Spleen de París de Baudelaire, de los Trópicos de Henry Miller y de la escritura breve y poética de Henri Michaux, así como la de los relatos de Kafka y Julio Cortázar. También ha sido muy importante para mí El libro del desasosiego, de Fernando Pessoa. Entre las voces más contemporáneas, me interesan especialmente Fleur Jaeggy, Herta Müller o Mircea Cărtărescu. Y, por supuesto, está la influencia de la poesía: Luis Cernuda y las propuestas más surrealistas de Pablo Neruda o Paul Éluard, por citar solo algunos nombres. En cuanto a las experiencias personales, nunca traslado las vivencias de forma directa. No me interesa convertirlas en materia autobiográfica sino, más bien, dejar que se transformen en otra cosa: una atmósfera, una imagen o el trasfondo simbólico de los temas que atraviesan mis textos.

J.M.: ¿Recuerdas cuáles fueron tus primeros textos o tus primeros impulsos creativos?

T.S.: Mis primeros relatos eran bastante realistas y, al escribirlos, me centraba más en la técnica y en la estructura narrativa. Luego, poco a poco, empecé a experimentar más con el lenguaje, dejando también que lo simbólico y lo onírico fluyeran en mis textos, buscando una voz más personal.

J.M.. ¿Cómo ha influido Madrid, tu ciudad, en tu manera de entender la escritura y la memoria?

T.S.: Como todas las grandes urbes Madrid es una ciudad cambiante y en continuo movimiento: lo que hoy está, mañana puede desaparecer. De algún modo, es una ciudad que hay que reconstruir constantemente en la memoria, al tiempo que nos adaptamos a sus transformaciones. 

En mi libro de relatos “Estación intemperie”, y siguiendo la estela de libros como “Las ciudades invisibles” de Italo Calvino, exploré la idea de urbe como ese lugar donde el hombre pierde su identidad en mitad de las masas anónimas, sus no-lugares, el ruido. Una ciudad onírica a la que los personajes siempre acceden desorientados, como extranjeros que no saben muy bien adónde van, pero donde lo maravilloso puede surgir en cualquier instante ofreciendo al transeúnte pequeños instantes de revelación poética. 

J.M.: Has trabajado también como ilustradora. ¿Qué relación hay entre la imagen y la palabra en tu universo creativo?

T.S.: Hay una relación estrecha: palabra e imagen se retroalimentan. Casi todo lo que escribo surge de una imagen y, a partir de ella, voy tejiendo la historia. El collage, que es la técnica que utilizo para ilustrar, complementa a mi escritura. Es un proceso que disfruto mucho porque me relaja y me permite entrar en un estado casi meditativo donde el pensamiento se aquieta. Cuando me bloqueo escribiendo, el collage me ayuda a seguir en contacto con la idea o la imagen que tengo en mente y a trabajarla desde otro lado. Además, no siento la misma presión que, a veces, me impone la escritura, porque es algo mucho más libre, espontáneo. De algún modo, es poner en imágenes aquello que me resulta inexpresable a través de la palabra, a eso a lo que no llego con el lenguaje. Es otro modo de poesía, en este caso visual.

 LA OBRA: “LA CASA INSOMNE”

J.M.: La casa insomne parte de las heridas de la infancia. ¿Qué te llevó a escribir una novela sobre ese territorio tan íntimo y a la vez tan universal? af18c074-6e92-4dc4-a017-4f831684df57

T.S.: Me interesaba explorar la infancia como ese periodo de la vida en el que se producen las heridas emocionales más profundas y que condicionan nuestra identidad. En esos años nuestra mirada está hipersensibilizada y aún no comprendemos del todo el mundo que nos rodea.

La casa que se recrea en la historia, además de ser un espacio físico, es también un lugar en la memoria de Sorah, la protagonista, que acoge una herida que aún no ha podido cerrar: la muerte de su amiga Lenka. Sorah, ya adulta y que acaba de ser madre, siente que debe abrazar esa herida, regresar a aquel lugar y reconciliarse con esa parte de su infancia para afrontar la crianza de su hija de una manera más sana.

J.M.: Sorah recuerda un verano de 1962, la muerte de su amiga Lenka y una casa cargada de misterio. ¿Cómo nació esa historia?

T.S.: La historia surge de mi propia experiencia onírica, de un sueño recurrente que tuve durante una temporada. En él me encontraba en el colegio donde estudié de pequeña, frente a la puerta de una de las aulas. Todo estaba en silencio y en penumbra, no había otras niñas, ni nadie más. Aquella quietud y esa semioscuridad me inquietaban bastante. Una de las veces, al despertar, me pregunté si en el sueño yo era una niña o era ya adulta. Y no lo sabía. Era simplemente yo. Esa pregunta fue el germen de la novela.

A partir de ahí, me interesó explorar cómo lo visto y lo vivido se instala en nosotros. Y que, bajo esa mirada subjetiva, hay lugares y paisajes que más que habitarlos nos traspasan, hasta el punto de que parece que ellos habitan en nosotros y a lo largo de los años seguimos encontrando sus resonancias en cualquier otro lugar o, incluso, en los sueños. 

Siendo el germen de la historia mi propia experiencia onírica, quise que también la novela tuviera ese tono onírico. Hay varios capítulos muy breves que recogen los sueños de Sorah y que podrían pertenecer tanto a la niña como a la mujer adulta porque en ellos conviven elementos del pasado y del futuro.  Esos sueños son los que terminan de armar la historia.

J.M.: Me han llamado la atención los nombres de las dos protagonistas de la historia. Por una parte, Sorah es un nombre de origen hebreo, que significa ‘princesa’ y en otra acepción ‘mujer noble’. Por otra parte, Lenka es un nombre de origen eslavo, que es muy popular en la República Checa, que significa ‘la que resplandece’. ¿Por qué elegisteis esos nombres para tus personajes?

T.S.: Aunque la novela mantiene cierto anclaje en la realidad, la protagonista intenta arrojar luz sobre una etapa de su infancia y casi todo sucede en un territorio íntimo. Utilizar nombres que no pertenecen a mi realidad más cercana me ayuda a permanecer en ese plano simbólico desde el que me gusta escribir.

Me ocurre lo mismo con los lugares y las ciudades: casi siempre invento sus nombres. De ese modo, las coordenadas geográficas se vuelven más imprecisas y lo exterior queda en un segundo plano, porque lo importante sucede en el mundo interno de los personajes.

J.M.: En la novela tienen mucho peso lo simbólico, lo onírico y lo inquietante. ¿Buscabas desde el principio esa atmósfera?

T.S.: Sí, en la novela la protagonista materializa sus emociones a través del paisaje y lo que la rodea: una casa que siente como un ser vivo y al acecho, una montaña que parece tener voluntad propia, un jardín que alberga la muerte en la imagen de cinco lápidas blancas que tanto la inquietan, o el sonido de una campana que, cada medianoche, interrumpe el sueño de las niñas y las mantiene luego insomnes. Disfruto mucho trabajando la atmósfera. Considero que todo espacio narrativo debe palpitar, ofrecer al lector intensidad, resonancia, vibración. Y siempre intento que haga de correlato objetivo al mundo interior de los personajes, de sus conflictos, deseos y anhelos.

J.M. : ¿Qué buscabas al entrelazar lo simbólico, lo poético y lo perturbador?

T.S.: Buscaba provocar en el lector una sensación de extrañamiento. Me atraía explorar lo siniestro, que surge cuando algo cotidiano y familiar se transforma de pronto en amenazador. En ese instante, en el que la realidad deja de parecernos reconocible, aparecen el miedo y la angustia. Seres monstruosos, objetos que parecen animados o acontecimientos dolorosos, nos repelen y a la vez nos atraen porque despiertan nuestra curiosidad. Por eso, en la novela, cada elemento del paisaje, de la Casa, tiene una dimensión simbólica y contribuye a crear esa atmósfera inquietante.  

J.M.: Tu prosa tiene una fuerte carga sensorial. ¿Es algo que buscas de forma consciente al escribir?

T.S.: Sí, es algo consciente, aunque no demasiado calculado. Me interesa que el lector no solo vea lo que ocurre, sino que pueda sentirlo en el cuerpo. En La casa insomne, además, lo sensorial es fundamental porque la historia nace de la memoria infantil, y la memoria construye sus asociaciones mediante una luz, un olor determinado o un sonido, antes que mediante un relato ordenado. Además, la memoria de Sorah, es una memoria viva, ávida, que dista mucho de la nostalgia, porque se reconstruye al tiempo que ordena la historia.

J.M.: ¿Cómo equilibras belleza y desasosiego en una misma escena?

T.S.: A través del lenguaje. Creo que incluso lo más perturbador o terrorífico puede narrarse desde la belleza. A veces, esa belleza hace que el desasosiego resulte todavía más intenso.

En el libro, quizá el personaje más siniestro de la historia es Sissa, la recién nacida que las niñas encuentran en el sótano de la Casa, que está como inconclusa porque toda una parte de su cuerpo es deforme. Pero, a pesar de su aspecto inquietante, no deja de ser una criatura vulnerable que necesita cuidado y protección, lo que provoca temor y compasión al mismo tiempo. Su función dentro de la historia es hacer de espejo a la protagonista, enfrentarla a su propia sombra. 

J.M.:  La campana aparece como una presencia perturbadora. ¿Qué representa para ti dentro de la novela?

T.S.: La campana suena con fuerza a medianoche, despierta a las niñas y las mantiene insomnes durante el resto de la noche. Esa falta de sueño las vuelve más dóciles y manejables durante el día para los adultos con los que conviven en la Casa. Por tanto, representa para ellas una forma de sometimiento. Al mismo tiempo, en un plano más simbólico, su sonido supone para la protagonista un despertar abrupto y aterrador a la realidad: a un mundo que percibe como hostil y que está marcado por pérdidas irreparables, como la muerte. De algún modo, la campana le anuncia el final de esa etapa de inocencia que es la primera infancia y le anuncia que vivir también conlleva experiencias doloras.

J.M.: También hay personajes extraños, mutilados o deformados, que refuerzan esa sensación de desasosiego. ¿Qué función cumplen en el relato?

T.S.: Todos me han ayudado mucho a reforzar la deriva de la protagonista. En su extrañeza y deformidad contribuyen a que Sorah sea incapaz de entender lo que sucede a su alrededor. Pero he intentado que no sean figuras meramente inquietantes, sino personajes marcados por sus carencias, como reflejo de lo auténticamente humano.

Por ejemplo, el guardián, con su hablar extraño por una traqueotomía y su afición a disecar pájaros, tiene algo que produce rechazo en la protagonista, pero también compasión. Las cocineras, dos hermanas que nacieron unidas por la cadera, le provocan curiosidad y ternura. Sigrid, otra de las niñas, que se autolesiona clavándose la punta del lápiz, le muestra otra manera de gestionar las emociones, más perniciosa. Ante la profesora de álgebra, que es manca y se muestra altiva, Sorah se pregunta por qué ella, sin ninguna carencia física, se siente tan incompleta. Con todos ellos establezco un juego de paralelismos y contrarios. Todos le muestran a Sorah una faceta de sí misma y, a través de ellos, indaga en su propia identidad.

J.M.: La memoria y el sueño parecen confundirse todo el tiempo. ¿Te interesaba que la narración flotara entre la realidad y la percepción de la niña?

T.S.: Sí. Por un lado, está la percepción de la niña, que no comprende del todo lo que sucede a su alrededor y lo interpreta desde su imaginación. Por otro, está la mirada de la mujer adulta, que intenta reconstruir aquella experiencia a través de la memoria. Me interesaba que ambas perspectivas se mezclaran y que no siempre fuera posible distinguir entre lo vivido, lo imaginado o lo recordado por Sorah.

En la novela hay también un doble espacio onírico. Por una parte, están los sueños nocturnos de la protagonista; por otra, las ensoñaciones a las que las niñas se abandonan para evadirse del encierro. En ambos casos, el sueño les permite transformar una realidad que les resulta difícil soportar.

J.M.: ¿Qué papel juega la amistad entre Sorah y Lenka dentro de la novela?

T.S.: Dentro de ese mundo infantil me interesaba mucho explorar la amistad que surge entre Sorah y Lenka. Ambas comparten la experiencia angustiosa del encierro en la casa, pero también ensoñaciones, juegos. Es una amistad con sus oscilaciones, sus claroscuros, principalmente porque cada una de ellas está en un momento vital distinto. Sorah en el de romper el muro que se interpone entre la realidad y sus fantasías, mientras que Lenka es más realista, ya ha atravesado lo frágil, conoce la imperfección de la vida y de lo humano. Pero se trata de una amistad, en cualquier caso, como refugio para quién siente que no encaja en el mundo.

J.M.: ¿Por qué elegiste una voz tan poética y tan cargada de imágenes para contar una historia tan oscura?

T.S.: Principalmente, para establecer ese contraste y adentrarme en la belleza de lo siniestro, un territorio que me resulta fascinante.  Me interesaba que el lenguaje poético no suavizara la oscuridad, sino que permitiera contemplarla desde otro lugar. Aunque no considero que la historia sea tan oscura. La protagonista adulta intenta arrojar luz sobre una parte de su infancia y, de algún modo, lo consigue: reconoce su impotencia ante lo que sucedió y logra reconciliarse consigo misma. Es un proceso de integración y, para mí, eso siempre es algo luminoso.

J.M.: ¿Qué te interesa más: resolver el misterio o acompañar emocionalmente al personaje en su descenso a la memoria?

T.S.: En realidad, el misterio no está en saber lo que ocurrió, ya que desde la primera fase se desvela el desenlace y lo que le sucedió a Sorah siendo niña. Se trata más bien de descubrir cómo pasaron las cosas. Por tanto, me interesaba más acompañar emocionalmente a la protagonista, como bien dices, y mostrar cómo ha convivido a lo largo de los años con aquella experiencia. De algún modo, ella se instala en una realidad sensible donde entran en juego el tiempo y la memoria, elaborando una revisión del pasado en base a las expectativas sobre el futuro. 

También narrativamente la novela tiene una estructura fragmentaria y no sigue un orden temporal lineal, sino que la protagonista va recomponiendo la historia como si fuera un puzle en el que todo va a encajando. De ahí esos saltos del presente al pasado, de la voz de la adulta a la mirada de la niña. 

J.M.: ¿Por qué elegiste como escenario un colegio interno transformado en residencia estival?

T.S.: Quería transmitir una sensación de encierro y agobio, y enfrentarla a la libertad que las niñas asocian con el verano y las vacaciones. Ese contraste produce la impresión de que está ocurriendo algo que no debería suceder, algo que quiebra el orden natural de las cosas. Me interesaba partir de esa contradicción para introducir lo inquietante en la narración.

J.M.: Hablas en tu novela de que se las obligaba a recoger el pelo en una trenza, peinadas todas iguales y con el mismo uniforme, y que parecían todas la misma niña excepto Lenka. ¿Es uno de los elementos que hacen que se fije Sorah en ella? 

T.S.: Así es. Las otras niñas son vistas casi como un personaje único, porque se comportan de forma idéntica. Son niñas mansas y sumisas. Todas residen allí de forma temporal, como la propia protagonista. Sin embargo, Lenka vive siempre en la Casa, apenas sabe nada de su pasado y permanecer allí le hace tener otra perspectiva del resto de los adultos con los que convive. Sorah ve en ella una aliada. Juntas comparten juegos y se entregan a todo tipo de fantasías para evadirse del ambiente hostil de la Casa.

Pero aparte de Lenka, hay otra niña, Agda, que es un poco mayor que ellas y está solo de paso que narrativamente me ha permitido introducir el mundo infantil de los juegos y remarcar la propia deriva de la protagonista. Todos los juegos que propone (la Cuerda del tiempo o el Pozo de las edades) están relacionados con la idea de reparar el tiempo, de volver al pasado para intentar cambiarlo o de anticiparse al futuro para sentar las bases del provenir. Entre los personajes es quizá el más amable de toda la novela. 

J.M.: Si tuvieras que definir La casa insomne en una sola imagen, ¿cuál sería?

T.S.: Bueno, pensé mucho en eso al hacer el collage que es la imagen de la portada. Representa a una niña aferrada a una casa que parece volar, bajo la mirada de una lechuza. 

La colegiala representa la infancia; la lechuza con los ojos abiertos a la noche y a lo que puede haber al otro lado, encarna el insomnio y la vigilancia. La casa suspendida expresa la inestabilidad que siente la protagonista, pero también el vínculo que siente con ese lugar del que no logra desprenderse. Todo aparece envuelto en una atmósfera onírica que creo que refleja bien el espíritu de la novela.

 J.M.: ¿Qué esperas que sienta el lector al terminar la novela?

 T.S.: Pues quizá esa misma sensación de extrañeza e inquietud que está sintiendo la protagonista en todo momento. También me gustaría que todos aquellos lectores que se asomen al libro se dejen sorprender no solo por la atmósfera, sino también por los personajes de la Casa y todo lo que sucede dentro de ella. Por ejemplo, por el perro guardián, que se llama Sombra y se desdobla por las noches, marcando la dualidad, o por el caballo Terrón cuyas lágrimas recogen las niñas para regar una higuera que se está secando, intentando revivirla, o por esa caseta que se eclipsa y aparece y desaparece en distintas partes del jardín. 

 J.M.: ¿En qué trabajas ahora y hacia dónde te gustaría llevar tu escritura en los próximos años?

T.S.: Ahora estoy escribiendo una nueva novela en la que sigo trabajando con el extrañamiento y lo inquietante. También algunos cuentos breves en clave poética que espero formen parte de un libro de relatos algún día. Y algo nuevo para mí en lo que estoy centrada ahora es en escribir guion para cine, que está resultando una experiencia muy enriquecedora. Me gusta mucho seguir aprendiendo y probar cosas nuevas. Por lo demás, nunca tengo un rumbo fijo, es más bien una deriva por la que me dejo llevar.

 

                                            Juana María Fernández Llobera

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