“LA CASA DEL FARERO" DE EVA MA. DURÁN GARCÍA

“LA CASA DEL FARERO" DE EVA MA. DURÁN GARCÍA
Imágenes sensoriales en un halo de misterio que se adentran para permanecer
Buenas tardes, Eva Mª.
Nos hemos reunido para hablar de tu Poemario “La casa del farero”, que me ha parecido muy interesante y muy ameno de leer.
J.M.: ¿Cómo nació este poemario y qué impulso inicial la llevó a escribirlo?
E.M.D.: Quise traer de vuelta fragmentos de la existencia que ya están muy lejanos, y para hacerlo, como la búsqueda interior me resultaba asfixiante, necesitaba buscar en el exterior, encontrar realidades exteriores que me ayudaran a escribir unos poemas que vivificaran mis recuerdos. Cuando pasó el tiempo y el libro estuvo escrito, supe que se había cimentado sobre una necesidad de disolución personal en espacios poéticos abiertos.
J.M.: El libro está atravesado por la presencia del mar, la luz, la niebla y el silencio. ¿Cuál de estos elementos apareció primero durante el proceso de escritura?
E.M.D.: La primera realidad exterior que apareció como piedra angular fue el mar, y después se fue impregnando del resto de elementos: la luz, la niebla y el silencio, como una realidad cambiante y mística que iba acompañando a cada estado poético en el transcurso de su recorrido emocional.
J.M.: ¿Qué significa para ti el título del poemario?
E.M.D.: Un lugar de premonición y, al mismo tiempo, el estadio más alto de revelación donde se produce la confrontación entre la vida y el sueño, donde buscar nuestra verdadera naturaleza, física y espiritual. El farero es un demiurgo, en el sentido mitológico, al que nadie conoce, que infunde temor a los hombres y se encarga de ordenar el caos del universo.
J.M.: El faro conserva en tu obra el significado clásico de «la luz que guía el destino de los navegantes». ¿Por qué elegiste precisamente este símbolo como eje del libro?

E.M.D.: Siempre me han atraído los faros, no solo desde la contemplación, sino también como referentes en obras literarias o plásticas, o en el cine. Son los faros construcciones alejadas y misteriosas, sobre todo en las horas nocturnas, cuando emerge su luz; una luz que parece estar convocada desde la más profunda oscuridad. Desde su poderosa verticalidad vigilan la horizontalidad del mar. Simbolizan el deseo de altura, de eternidad. Ya Homero, en La Ilíada, describía los faros como torres encendidas con hogueras que debían ser resguardadas. Los marineros, al sentirse en peligro y vulnerables, siempre han buscado la luz del faro. En cambio, el faro, como si fuese un cíclope mitológico de piedra, dirige su ojo luminoso al mar.
J.M.: ¿Podría decirse que el faro representa también una búsqueda personal, una forma de orientación interior?
E.M.D.: Sí, el faro representa el logos del libro, es su razón y principio, y podría estar, según la interpretación de cada lector, dotado de una inteligencia superior o de un pensamiento racional que pudiera orientar a cada ser humano sobre su modo de estar en la tierra y, yendo a otra dimensión, en el universo. Se convierte en dirección, no en destino, y nos guía hacia la luz que alberga. En To the Lighthouse, Virginia Woolf nos muestra el faro como arquetipo de la felicidad. De forma parecida a la obra de Woolf, en La casa del farero buscamos el faro por el faro mismo, como una promesa de esperanza.
El farero, además, puede ser real o no. Nadie puede saberlo, porque no muestra su rostro a los hombres, que son libres de creer o no en su existencia. Nadie puede saber lo que encontraría en el faro, del mismo modo que nadie puede conocer todas las posibilidades de su imaginación.
J.M.: En el poemario aparece una tensión constante entre la luz y la oscuridad. ¿Considera que ambas realidades son necesarias para comprender la existencia?
E.M.D.: La luz y la oscuridad, como realidades externas cíclicas que se consuman en su cenit y en su declive, son necesarias para aceptar que todo sucede y se sucede, que las cosas y las personas desaparecen sin que podamos retenerlas. Pienso que la luz y la oscuridad transcurren en un estadio de contradicción constante en la vida de una persona, imbricadas en la experiencia personal, en la vivencia del gozo o del dolor, invocadas desde una zona íntima del ser humano donde late el sentido de nuestros actos.
J.M.: La primera parte reflexiona sobre el equilibrio entre el ser humano y las consecuencias de sus actos. ¿Qué tipo de responsabilidad querías explorar en estos poemas?

E.M.D.: La responsabilidad personal y colectiva que implica el peligro de fracasar como seres humanos. El destello del drama griego sigue ahí, como un asteroide de luz tenebrosa, como telón de fondo del espectáculo de la humanidad, advirtiéndonos de las zonas oscuras. Durante siglos, hemos mantenido la esperanza después de las catástrofes de la historia, la fe después del duelo; sin embargo, seguimos repitiendo los mismos errores.
J.M.: En «Al otro lado del sueño», título de la primera parte, el universo parece conservar los secretos de los hombres desde el principio de los tiempos. ¿Qué lugar ocupa el misterio en tu poesía?
E.M.D.: En mi poesía el misterio ocupa un lugar privilegiado; ese lugar le viene dado cuando los poemas tratan de desvelar la presencia de aquello que no está y que se mueve bajo los entresijos del lenguaje. En el libro hay poemas que nos sumergen en las corrientes del misterio, donde todo puede cruzarse, porque están construidos sobre un fondo de ausencia absoluta.
El acto poético en sí mismo y las interminables razones para escribir poesía encierran ya un gran misterio. Recuerdo que de niña me fascinaba todo lo que tuviera que ver con lo sobrenatural, con lo extraordinario. Crecí con una gran afición por el cine clásico de suspense y la literatura de misterio de autores como Allan Poe, Mary Shelley o Henry James. También el realismo mágico de García Márquez, Laura Esquivel o Juan Rulfo, donde se entrelazaban el mundo sobrenatural y el cotidiano, me gustaba, así como la producción de cuentos de misterio, entre otros, de Borges y Cortázar.
J.M.: ¿Cómo se relacionan los recuerdos con el mar en esta primera sección?
E.M.D.: Los recuerdos me hacen sentir en paz con el pasado. A los ausentes no los puedo traer de vuelta, pero la infinita oceanía del mar me deja reconciliarme con el dolor, y un dolor libre, en movimiento, que encuentra su cauce, sus formas para redefinirse y regenerarse, no es lo mismo que un dolor encerrado en un pozo oscuro del cual no puede salir.
J.M.: La calma meditativa sobre el paso de la vida se ve alterada por la aparición de la niebla. ¿Qué simboliza esa niebla: el miedo, la incertidumbre, la culpa o la fatalidad?
E.M.D.: Simboliza todas esas cosas, pero también la transformación, como ocurre en el arte, la constante transformación que se produce en nosotros por la vía del conocimiento y la imaginación, y, sobre todo, a través de lo que descubrimos cuando estamos expuestos a nuestra propia intemperie. Es únicamente en esa intemperie donde podemos explorar nuestros fondos.

J.M.: En tus poemas, el destino parece adquirir una dimensión oscura e inexorable. ¿Crees que estamos determinados por nuestras decisiones o que siempre existe una posibilidad de cambiar el rumbo?
E.M.D.: Sobre la repercusión personal del destino, tengo la firme creencia de que el azar lo configura todo. En cuanto a nuestras decisiones personales, creo que desde lo oscuro se puede virar a la claridad, se puede cambiar el rumbo de nuestras decisiones. Se me viene a la mente un ejemplo literario: en A sangre fría, de Truman Capote, uno de los libros con el que tomé contacto en mi temprana adolescencia, el asesino, a pesar de no encontrar la caja fuerte ni la cantidad de dinero que esperaba encontrar, mata al granjero y a toda su familia, y huye con una mísera cantidad de dinero. Ante la decepción del asesino por no encontrar la supuesta fortuna, cualquier lector pensaría que abandonaría la granja sin jugársela, y, en cambio, asesina por nada.
J.M.: ¿Qué papel desempeña el sueño en esta parte del libro? ¿Es una vía de conocimiento, una forma de evasión o un territorio intermedio entre la memoria y la realidad?
E.M.D.: Más bien nos acercaríamos a la última definición, que en realidad es la que más se aproxima al simbolismo que ejerce el concepto en la primera parte del poemario: el sueño es un terreno que nos cede la memoria; un ámbito inasible, un espacio intangible e inconcreto que alcanza la dimensión de lo finito y traspasa los límites de lo eterno.
J.M.: ¿Hay en estos poemas una preocupación por la fragilidad del ser humano frente a las fuerzas del tiempo, la naturaleza o el universo?
E.M.D.: Es uno de los temas de mayor importancia del libro, la insignificancia del ser humano frente al poder devastador del tiempo, la fuerza indomable de la naturaleza o el recorrido infinito del universo. Siempre permanecemos a la deriva, ante la incertidumbre, sometidos al capricho, a la inestabilidad y a la volubilidad de estos elementos incontrolables.
J.M.: «Memoria de la luz», que es la segunda parte, se adentra en nostalgias personales y vivencias del pasado. ¿Qué tipo de recuerdos han alimentado esta parte del poemario?
E.M.D.: Sobre todo, recuerdos de la infancia y de la juventud; a veces, los recuerdos se van sucediendo unos a otros de forma natural, como relieves que muestran la cronología de una etapa intensa. Otras veces, unos recuerdos se superponen a otros que han quedado relegados a un territorio más discreto, más íntimo de la memoria, y el resultante es un mosaico emocional en el que la mirada del lector elige agrandar o empequeñecer cada tesela.
J.M.: ¿Cómo transforma la poesía una experiencia dolorosa en una forma de conocimiento o de reconciliación?
E.M.D.: El poema que viene ya anunciado por una experiencia dolorosa sufre un proceso múltiple; queda totalmente exento de su funcionalidad lingüística referencial para convocar el dolor por la ausencia desde su interior, desde el roce suave de las palabras con el dolor; en ese momento, se produce un movimiento de ida al cuerpo para dialogar con el dolor, y después se regresa de vuelta a la dimensión metafórica de las palabras, a los desvíos del lenguaje poético que deja patente el mensaje de que la vida ha transcurrido y la experiencia ha signado ese devenir inexorable de las cosas. Así, mediante el efecto de la transmisión poética se logra la reconciliación.
J.M.: En esta sección, el mar conecta la memoria con lo vivido. ¿Qué recuerdos despierta en ti la contemplación del mar?

E.M.D.: Por una parte, está la idea, un poco desdibujada, de los recuerdos de la infancia, los viajes familiares al mar en verano, en los que tenía la sensación de que la luz era un fulgor que iluminaba la plenitud de aquellos días felices. Por otra, están los recuerdos de los viajes al mar en la edad adulta, ya con la conciencia de que el mar siempre pone límite a lo humano, de que la juventud se ha disuelto en ese elemento líquido; y de que ese movimiento de ida y vuelta de las olas nos confirma lo improrrogable de la vida.
J.M.: ¿Por qué crees que la distancia puede ayudarnos a comprender mejor el dolor?
E.M.D.: Quizás porque nos obliga a liberarlo, una vez que lo hemos sentido con la máxima acentuación dentro del cuerpo en el pasado, porque el dolor es revelación, nos duele todo el cuerpo cuando miramos dentro de nosotros para tocarlo. La distancia, tanto en el espacio como en el tiempo, calma el dolor, diluyendo la desesperación, la frustración y la angustia.
J.M.: ¿La memoria conserva fielmente lo vivido o lo transforma con el paso del tiempo?
E.M.D.: La memoria a veces se desvía necesariamente del trayecto, transforma las experiencias vividas en experiencias vivificadas, desprendidas del instante, del momento exacto en que sucedieron. Cuando transcurre el tiempo, la ausencia es convocada desde la ausencia, y la memoria rescata todo aquello que está sepultado, pero también incorpora la idea de la pérdida.
J.M.: La luz aparece asociada a la redención. ¿De qué necesitamos redimirnos?
E.M.D.: Necesitamos redimirnos del fracaso humano. Desde los albores de la humanidad, no hemos aprendido a controlar la ira ni a renunciar al poder.
J.M.: ¿Escribir sobre el pasado le ha permitido cerrar heridas o, por el contrario, mantenerlas abiertas de una manera fértil?
E.M.D.: Diría que lo segundo; escribir sobre el pasado ha posibilitado que la memoria se convierta en un ojo cuya luz, como la luz del haz del faro, se dirija hacia fuera, al exterior, a lo abierto, y actúe como una llave para abrir cancelas que llevaban mucho tiempo cerradas.
J.M.: ¿Qué diferencia hay entre recordar y revivir una experiencia?
E.M.D.: Cuando se revive una experiencia, sobre todo si lo hacemos de forma voluntaria, es más difícil que podamos desprendernos de la relación que mantuvimos con esa experiencia, y ya es una cuestión personal que debemos decidir. En cambio, cuando recordamos alguna experiencia, nos estamos distanciando del momento exacto en que ocurrió, así que ya no está precedida de ningún contexto espacial o temporal, y no la sentimos como una especie de preludio de otro evento futuro en nuestra vida, sino que la consideramos como si fuera un episodio independiente, no dentro o vinculada a “otra obra mayor”.
J.M.: ¿La nostalgia es para ti una forma de tristeza, una forma de belleza o ambas cosas a la vez?
E.M.D.: La nostalgia puede encerrar posiblemente tristeza y belleza, ya que a veces tendemos a deleitarnos con las cosas tristes, pero la veo en mayor medida como una apariencia, la apariencia que toman las cosas cuando están lejísimos. Algo parecido a la idea que tenemos de un referente concreto cuando no estamos delante; por ejemplo, si estamos delante del fuego, sentimos su calor; si no estamos delante y pensamos en él, conservamos en la mente la idea de que el fuego quema.
J.M.: El título «Prefiguras del silencio», que es el título de la tercera parte, posee una gran fuerza simbólica. ¿Qué significa para ti ese silencio que precede o anuncia algo?
E.M.D.: Significa simbólicamente “ese lugar vigilante que no podemos escuchar”, cuya amenaza desconocemos, cuya sombra acecha, pero que es advertido por nuestra intuición como el aviso de un inevitable hundimiento.
J.M.: En esta última parte aparecen vestigios de la memoria fijados en el tiempo por una especie de clarividencia ancestral. ¿Qué entiendes por memoria ancestral?
E.M.D.: La entiendo en un sentido parecido al de memorabilia, en su etimología latina: “cosas memorables, dignas de ser recordadas”; es la memoria personal integrada en una memoria histórica, colectiva, que rescata la grandeza de lo tangible, de las civilizaciones y al ser humano de las fauces del tiempo, y sostiene el universo con una luz muy antigua que le ha dado forma.
J.M.: Las estatuas se desvisten y revelan una verdad enigmática. ¿Qué representan esas estatuas?
E.M.D.: Agradezco mucho esta pregunta. Representan la desaparición de nuestra capa mortal en el anhelo humano de buscar más allá de lo finito. Deseamos postular que, si las vemos, tal vez podamos ser vistos desde el interior de la piedra y tocados por la inmortalidad. Las estatuas se transforman en materia ingrávida y eterna, como la esencia del arte.
J.M.: ¿Qué verdad querías descubrir o sugerir a través de esas figuras de piedra?
E.M.D.: La idea que a la vida añade el significado de la muerte cuando las pérdidas, los duelos, nos hacen adquirir consciencia de que no podemos renegar de ella. Es en ese momento cuando sucede el verdadero naufragio personal con todas sus posibles vertientes y declives.
J.M.: Uno de los grandes interrogantes del libro parece ser cuál es el verdadero poder para soterrar el olvido. ¿Es posible vencer el olvido mediante la palabra?
E.M.D.: Al menos en el libro sí es posible. Cuando desde el presente inmediato recordaba experiencias en retrospectiva, evocando su recuerdo concreto, el lenguaje poético operó una transformación importante en esos recuerdos, y de los intersticios de cada poema surgió otra realidad resonante con el poder de ser evocada en el futuro. Tuve la sensación de haber recuperado para siempre algo que había perdido en el camino.
J.M.: ¿Qué relación existe entre el silencio y la memoria?
E.M.D.: El silencio en el libro es un concepto más nihilista, más nutrido de escepticismo, y no siempre implica resignación o una falta de comunicación urdida por voluntad propia, sino que pausa esa comunicación para que la memoria organice los indicios y procese el tránsito por los recuerdos fijados.
J.M.: ¿Puede el silencio decir aquello que las palabras no consiguen expresar?
E.M.D.: En el libro, quizás más que decir, puede intervenir de manera dramática en el curso de los acontecimientos, pero siempre serán las palabras las que transmitirán más eficazmente la experiencia que el poema presenta.
J.M.: ¿Hay en «Prefiguras del silencio» una reflexión sobre la permanencia del arte frente a la desaparición de las personas?
E.M.D.: El arte siempre ha existido gracias al aprecio que la existencia humana ha sentido por él a lo largo de los siglos; perdura porque la humanidad ama el arte, la humanidad es la que le ha concedido su poder de infinitud, incluso siendo la vida humana tan frágil. Ese es uno de los aspectos sobre los que se reflexiona en esta parte del libro: la aniquilación del arte, del poder que simboliza el arte desde tiempos inmemoriales, surge como consecuencia de la aniquilación de la humanidad, de la destrucción de la labor humana.
J.M.: Tu poesía está construida sobre imágenes muy sensoriales: el salitre, las mareas, la niebla, la noche, la piedra y la luz. ¿Cómo trabajas la dimensión sensorial de tus poemas?
E.M.D.: Intento potenciarla para que el lector pueda sentir una separación del lenguaje por el lenguaje mismo y notar cómo se materializa el instante poético; de ese modo el poema se transforma en un cuerpo vivo que respira.
J.M.: Pilar Sanabria Cañete afirma en el prólogo que todo el libro está impregnado por el olor del mar. ¿Qué importancia tiene para ti el olfato dentro de la creación poética?
E.M.D.: El olfato en la poesía tiene la capacidad de hacer que el lector tenga una percepción más física y menos visual de la experiencia que transmite el poema, con lo que la experiencia se actualiza en cada lectura íntima.
J.M.: ¿Partes de una imagen, de una emoción, de una palabra o de una música interior cuando comienzas a escribir un poema?
E.M.D.: Si me inspiro en las cosas anteriores, puedo escribir poco a poco un poema a partir de la impresión que obtengo, pero afirmaría que la mayoría de las veces que he escrito poemas, primero he sentido una especie de pulsación interna y me he dejado llevar por ese instante de anunciación previo.
J.M.: ¿Consideras que la poesía debe ser clara para el lector o que también debe preservar una zona de misterio?
E.M.D.: La poesía debe emocionar, mover algo dentro del lector. No siempre la intención poética es que el lector descifre todos los significados ocultos o sea capaz de interpretar los recursos estilísticos empleados. No obstante, soy partidaria de que la poesía se acerque a la mayoría de las personas sin que existan fisuras ni barreras entre el lector y el poema.
Respecto a preservar una zona de misterio, si la materia poética genera esa necesidad, la dimensión metafórica se encarga de preservar esa zona misteriosa, partiendo siempre de las ausencias, de lo que no se revela.
J.M.: ¿Qué esperas que encuentre el lector al atravesar las tres partes del libro?
E.M.D.: Tengo la esperanza de que los lectores puedan encontrar ese efecto de epifanía al introducirse en la experiencia poética del enigma, de lo que a veces excede o escapa al sentido común y suscita una lectura “visionaria”.
J.M.: Las ilustraciones de portada e interior son obra de Jessica Recio Martín. ¿Cómo nació la colaboración entre ambas?
E.M.D.: Lo cierto es que supe que Jessica Recio se encargaría de las ilustraciones de la portada y del interior a través de mi editora, Susana Noeda: fue ella quien la conocía y quien me transmitió la decisión. Yo deposité mi confianza por completo en su elección. El resultado ha sido un trabajo magnífico.
J.M.: ¿Qué buscabas que aportaran las ilustraciones al universo del poemario?
E.M.D.: Las ilustraciones son una extensión poética, un rodeo para llegar a través de la imagen a la voz poética. Son luz que golpea con suavidad el párpado y aportan nuevas resignificaciones a la conducta sensible del lector.
J.M.: ¿Las imágenes fueron creadas a partir de poemas concretos o desde una impresión global del libro?
E.M.D.: Tengo entendido que Jessica Recio consideró el todo unitario del libro para crear las imágenes a partir de una impresión global.
J.M.: ¿Te sorprendió alguna interpretación visual de Jessica Recio Martín?
E.M.D.: La segunda parte del poemario está precedida por una ilustración que me recordó a la obra El monje frente al mar del pintor romántico alemán Friedrich. Tiene cierta similitud con esa pintura.
J.M.: El poemario cuenta con un prólogo de la poeta cordobesa Pilar Sanabria Cañete. ¿Qué significa para ti que ella haya acompañado el libro con sus palabras?
E.M.D.: Pilar Sanabria es una persona muy generosa, una buena amiga a la que quiero y una gran poeta a la que tuve la suerte de conocer hace años. Desde entonces hemos compartido experiencias muy bonitas que se trasladan a los acontecimientos de la vida diaria y a la poesía. Ella sostiene el estandarte de la poesía de manera admirable dentro pero también fuera de la ciudad, y el hecho de que escribiera un prólogo tan hermoso para acompañar este poemario significa que su voz está latente en la interioridad del libro.
J.M.: ¿Cómo ha evolucionado tu poesía desde “La eterna hojarasca” hasta este nuevo poemario?
E.M.D.: Ahora no siempre busco la esencia de la belleza. Con el transcurso del tiempo he comprendido la importancia de elevar a materia poética lo cotidiano, aquello que nos deja atónitos. He comprendido que hay que precipitarse a los fondos de la realidad que abrazamos a diario.
J.M.: ¿Qué vínculo existe entre este libro y “Observatorio estacional”?
E.M.D.: Únicamente el alcance de las derrotas personales. En Observatorio estacional el paso del tiempo se acepta con una visión estoica y, metafóricamente, las estaciones son “pedazos de tiempo” rescatados del fluir de los acontecimientos vitales que se van armando en la memoria. En La casa del farero se conforma una visión poética distinta que reflexiona sobre aquello que puede resultar inconcebible o imposible de entender, o abarcar a través de los sentidos.
J.M.: “Observatorio estacional” fue finalista del Premio Solienses 2025. ¿Qué supuso para ti ese reconocimiento?
E.M.D.: Supuso una gran alegría al pensar que mi poesía estaba aportando; pero además me hizo sentir una seria responsabilidad; me hizo adquirir un compromiso de cara al futuro para hacer que mi poesía llegue a más lectores.
J.M.: ¿Qué temas o preocupaciones permanecen constantes en tus distintos libros?
E.M.D.: Las preocupaciones trascendentes como el devenir incesante de la vida, el fracaso, la fe, la pérdida o la ausencia fluyen siempre como aire vital en mis libros, aunque aparecen entreverados otros asuntos, como por ejemplo la cultura clásica, la mitología femenina y el arte en todas sus vertientes.
J.M.: Tu vocación docente está estrechamente vinculada a la lectura y la literatura. ¿Qué te ha enseñado el aula sobre la forma en que los jóvenes se acercan a la poesía?
E.M.D.: Si queremos conseguir que los jóvenes lean poesía y no piensen que existe una barrera entre ellos y los libros de poesía porque les cuesta ver la importancia que tienen las lecturas de los clásicos, debemos acercarlos a todas las posibilidades de lectura y de enunciación poética. La poesía puede estar quieta en los libros o puede hablar. La biblioteca escolar promueve actividades dinamizadoras en los centros, como por ejemplo recitales poéticos que tienen a los alumnos y alumnas como protagonistas, o encuentros en directo con autores que acercan su poesía y sus experiencias a nuestros jóvenes para estimular su capacidad creativa.
J.M.: ¿Qué ha recibido de sus alumnos como escritora y qué cree que ha podido transmitirles?
E.M.D.: Trato de estimular día a día su creatividad y les pido que confíen en sí mismos, si empiezan a escribir poesía. También los animo a que se presenten a distintos certámenes de literatura. Les transmito mi pasión por la poesía y recibo el esfuerzo que ponen en sus trabajos creativos y literarios.
J.M.: Tu padre te transmitió desde el hogar familiar el valor de los libros y la lectura. ¿Qué importancia tuvo ese legado en tu vida?
E.M.D.: Ahora pienso que ese legado fue el impulso que hizo que permanentemente tuviera deseos de aprender cosas nuevas. Ese legado definió lo que he sido, lo que ha cristalizado en mi memoria, lo que ha acontecido con el paso del tiempo y la forma en que percibo el mundo que me rodea.
J.M.: ¿Recuerdas el primer libro o el primer poema que despertó en ti el deseo de escribir?
E.M.D.: Sí, lo recuerdo. El libro de cabecera que me acompañó durante mis inicios en la poesía fue Rimas y leyendas de Bécquer. Cuando lo leí, con bastante corta edad, dejó en mí una impronta especial y tuve deseos de escribir.
J.M.: Naciste en Córdoba y desarrollaste allí tu labor docente. ¿Cómo influye Córdoba en tu imaginario poético?
E.M.D.: Al ser mi ciudad natal y el lugar donde he crecido, atesora muchas de mis vivencias personales y familiares. Los primeros años de mi labor docente se desarrollaron en otras provincias de Andalucía, después me asenté durante muchos años en la zona norte cordobesa, de donde procede mi familia materna, y la poesía que escribía en esos años recibía otras influencias más relacionadas con aquel entorno. Después de terminar mi etapa allí y regresar de nuevo a Córdoba hace unos años, la sensación que tuve fue que volvía “no para comenzar, sino para continuar mi vida”. Supongo que, igual que yo he cambiado, mi imaginario poético también ha cambiado, aunque seguramente habrá otros poemarios futuros que estarán definidos por mi vínculo con Córdoba.
J.M.: ¿Existe algún vínculo entre el paisaje cordobés y el paisaje marítimo de este poemario?
E.M.D.: Realmente no existe vínculo entre ambos paisajes. Me resulta difícil concebir el mar como parte del paisaje cordobés. Córdoba es una ciudad para perderse en sus rincones; en cada rincón hay historia. La visión del mar me parece inabarcable por los ojos, se abre paso hacia el infinito, y, en ese sentido, el paisaje cordobés me habla con un lenguaje de matices distintos, menos cambiantes y más estáticos. Sí debo contar que hay ausencias importantes de Córdoba que he trasladado a la oceanía de este poemario.
J.M.: Si tuvieras que definir este poemario con una sola imagen, ¿cuál elegirías?
E.M.D.: Elegiría la imagen de un faro en la distancia, porque en la cercanía lo contemplamos como si fuera un gigante edificio de piedra que está quieto. Contemplarlo en la distancia le otorga el significado de dirección, de perspectiva, de que existe como algo inacabado, igual que el mar.
J.M.: ¿Qué te gustaría que permaneciera en la memoria del lector después de cerrar el libro?
E.M.D.: Me gustaría que recordara algún verso que hubiera despertado su curiosidad por los faros. Y sus propias “memorias de luz”.
J.M.: Para terminar: si el lector pudiera quedarse con una sola luz de este libro, ¿qué luz te gustaría que fuera?
E.M.D.: La luz del universo abierto que rebota en el mar, en las planicies y en las montañas, y que nos lleva de vuelta a un paraíso que alguna vez perdimos; esa luz primigenia que nos ha tocado siempre y le da sentido a todo.
Juana María Fernández Llobera


