ENTRE EL DÍA Y LA NOCHE

1. La chica del doble turno
Carla tenía veinticuatro años y dos trabajos. De seis de la mañana a dos de la tarde, servía cafés y tostadas en la cafetería del hospital. De cuatro de la tarde a once de la noche, limpiaba oficinas en el centro de la ciudad. Entre medias, estudiaba para poder llegar a entrar en la Facultad de Medicina.
JUANA MA. FERNÁNDEZ LLOBERA07 de octubre de 2026 Juana Ma. Fernández Llobera

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Entre el día y la noche

1. La chica del doble turno

Carla tenía veinticuatro años y dos trabajos. De seis de la mañana a dos de la tarde, servía cafés y tostadas en la cafetería del hospital. De cuatro de la tarde a once de la noche, limpiaba oficinas en el centro de la ciudad. Entre medias, estudiaba para poder llegar a entrar en la Facultad de Medicina.

No tenía tiempo para amigos, ni para fiestas, ni para el amor. Solo tenía tiempo para su sueño: ser médico. Desde niña, cuando veía a su abuela enferma y los doctores la cuidaban con tanta dedicación, supo que eso era lo que quería hacer con su vida. Pero su familia no tenía dinero. Su padre había muerto cuando ella tenía doce años, y su madre trabajaba cosiendo ropa para apenas llegar a fin de mes.

Así que Carla trabajaba. Trabajaba hasta que le dolían los pies, hasta que se le cerraban los ojos sobre los libros de anatomía. Pero no se rendía.

Una noche de viernes, después de terminar su turno de limpieza, decidió tomar un camino diferente a casa. Estaba cansada de la misma ruta, del mismo paisaje gris. Quería respirar algo distinto, aunque fuera por diez minutos.

Caminó por calles que no conocía, iluminadas por luces de neón y el murmullo de la noche. Y entonces lo escuchó: el sonido de una trompeta.

2. El hombre de la trompeta

La música venía de un pequeño bar de jazz en una esquina. Carla se detuvo frente a la puerta entreabierta. Nunca había entrado en un lugar así. No era su mundo. Pero algo en esa melodía la atraía, como si la llamara.

Entró.

El bar estaba lleno de humo y conversaciones susurradas. En el escenario, bajo una luz tenue, un hombre tocaba la trompeta. Tenía el pelo oscuro y despeinado, los ojos cerrados, y tocaba como si estuviera contando un secreto al mundo.

Carla se sentó en una mesa al fondo, pidió un vaso de agua (no podía permitirse nada más), y se quedó escuchando.

Cuando la canción terminó, el hombre abrió los ojos y miró directamente hacia ella. Sonrió. Carla sintió que el corazón le daba un vuelco.

Después del concierto, él se acercó a su mesa.

—No te había visto antes por aquí —dijo. —Es la primera vez que vengo. —¿Te gustó? —Mucho. Tocas... como si no hubiera mañana. —Es que para mí no hay mañana —respondió él con una sonrisa—. Solo hay noches. Me llamo Rubén. —Carla.

Hablaron hasta que el bar cerró. Rubén le contó que vivía de la música, que tocaba en distintos locales cada noche, que dormía de día y despertaba cuando el sol se ponía. Carla le contó que trabajaba de día, que estudiaba de noche, que su vida era una carrera contra el tiempo.

—Somos opuestos —dijo Rubén. —Completamente —respondió Carla.

Pero algo en esa diferencia los atraía.

3. Mundos que se cruzan

A partir de esa noche, Carla empezó a pasar por el bar los viernes. Rubén siempre la esperaba con una sonrisa y una canción dedicada. Poco a poco, las conversaciones se hicieron más largas, las miradas más intensas.

Una noche, después de tocar, Rubén la invitó a caminar.

—¿No tienes que dormir? —preguntó Carla. —Dormir está sobrevalorado —respondió él.

Caminaron por las calles vacías, hablando de todo y de nada. Rubén le contó que había dejado la universidad para perseguir su sueño de ser músico, que su familia no lo entendía, que vivía al día pero era feliz.

Carla le contó que ella también perseguía un sueño, pero que el suyo requería sacrificio, disciplina, años de estudio.

—¿Y vale la pena? —preguntó Rubén. —No lo sé todavía. Pero tengo que intentarlo. —Eso me gusta de ti —dijo él—. Que no te rindes.

Esa noche, bajo un farol en una calle desierta, Rubén la besó. Y Carla, por primera vez en años, se permitió olvidarse del tiempo.

4. El equilibrio imposible

Los días siguientes fueron un torbellino. Carla seguía trabajando, estudiando, corriendo de un lugar a otro. Pero ahora, en las noches, tenía a Rubén. Él la esperaba después de sus turnos, la acompañaba a casa, le tocaba canciones en la madrugada.

Pero pronto, el cansancio empezó a pasarle factura. Llegaba tarde al trabajo, se quedaba dormida sobre los libros, perdía la concentración. Su jefa en la cafetería le llamó la atención. Su madre le preguntó si estaba enferma.

Rubén también lo notó.

—Estás agotada, Carla. Tienes que descansar. —No puedo. Si descanso, pierdo tiempo. Y no tengo tiempo que perder. —Pero te estás matando. —Es el precio que tengo que pagar.

Rubén la miró con tristeza.

—¿Y yo? ¿También soy parte de ese precio?

Carla no supo qué responder.

5. La decisión

Una noche, Carla no apareció en el bar. Rubén la esperó hasta el cierre, pero ella no llegó. Le escribió, la llamó, pero no hubo respuesta.

Al día siguiente, fue a buscarla a la cafetería del hospital. La encontró sirviendo cafés, con ojeras profundas y una sonrisa forzada.

—Carla, ¿qué pasa? —Rubén, no puedo seguir así. Me estoy perdiendo. Estoy descuidando todo lo que he trabajado durante años. —¿Y qué quieres decir con eso? —Que necesito elegir. Y mi sueño de ser médico es lo primero.

Rubén sintió que algo se rompía dentro de él.

—¿Y yo qué soy? ¿Una distracción? —No. Eres lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo. Pero no puedo tenerte y tener mi sueño al mismo tiempo. No ahora.

Rubén la miró en silencio. Luego asintió.

—Entiendo. Pero quiero que sepas algo: yo no voy a pedirte que elijas. Porque si me amas, encontrarás la manera. Y si no, entonces no era para nosotros.

Se dio la vuelta y se fue.

6. El vacío

Las semanas siguientes fueron las más duras de la vida de Carla. Volvió a su rutina: trabajo, estudio, dormir poco, repetir. Pero algo había cambiado. El mundo le parecía más gris, más vacío. La música que antes no escuchaba ahora la perseguía en cada esquina.

Una noche, mientras estudiaba, encontró una nota que Rubén había dejado en su bolso semanas atrás:

"Los sueños no tienen que ser solitarios. A veces, los mejores sueños se construyen en compañía."

Carla lloró. Lloró por el cansancio, por la soledad, por haber dejado ir a alguien que la hacía sentir viva.

7. El reencuentro

Pasaron tres meses. Carla consiguió entrar a la Facultad de Medicina . Cuando vio su nombre en la lista, sintió una mezcla de alegría y vacío. Lo había logrado. Pero no tenía a nadie con quien celebrarlo.

Esa noche, sin pensarlo, caminó hasta el bar de jazz. Rubén estaba en el escenario, tocando la misma canción que había escuchado la primera vez.

Cuando terminó, la vio. Sus ojos se encontraron.

Rubén bajó del escenario y caminó hacia ella.

—Aprobé —dijo Carla, con lágrimas en los ojos. —Lo sabía —respondió él—. Siempre supe que lo lograrías. —Pero te perdí en el camino. —No me perdiste. Solo tomaste un desvío.

Carla sonrió.

—¿Crees que podamos intentarlo de nuevo? Esta vez, encontrando el equilibrio. —Creo que podemos intentar cualquier cosa —dijo Rubén—. Si lo hacemos juntos.

Y esa noche, bajo las luces del bar, entre el humo y la música, Carla y Rubén se dieron una segunda oportunidad. Porque los sueños no tienen que ser solitarios. Y el amor, cuando es real, encuentra su propio ritmo.

                                                                Juana María Fernández Llobera

Fundación Guillem Cifre

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